Capy y Bara
Nada que arreglar: un cuento de capibaras sobre la amistad

Bara se despierta con tres ideas. Siempre.
Las capibaras tienen el lomo ancho y plano. Los pájaros se les suben encima, y hasta los monitos, y se quedan ahí de paseo, tranquilos.
Y las capibaras nunca tienen prisa. Se pasan el día echadas al sol o metidas en el agua.
Bara no es esa capibara.
Bara tiene el cuerpo corto. En un cuerpo corto no cabe nadie.
Y además, Bara no para nunca. Todo lo que se le trepa encima se cae o sale volando en cuanto Bara empieza a correr o a dar brincos de cabra.
Por eso a Bara nadie se le sube encima.
Y como Bara no puede cargar a nadie, Bara arregla.
Cuando algo suena mal, Bara busca la cinta adhesiva y la caja de tornillos. “Yo lo arreglo”, dice. Y lo arregla.
Por eso todo el mundo llama a Bara cuando algo se rompe. Y por eso Bara casi nunca se sienta.
Pero cuando no hay nada roto, nadie llama a Bara.
En una oreja, Bara tiene una etiqueta con un número: 02. Se la pusieron en el laboratorio.
Bara cree que la etiqueta es un premio.
Y cree que en el laboratorio estudian a Bara porque es la única capibara que no se está quieta.
Pero no. En el laboratorio prueban champús y cremas para el pelo. Por eso Bara siempre vuelve oliendo a fresa, con el pelo parado.
La única amiga de Bara es Capy. Capy sí es esa capibara: grande, tranquila, con un lomo donde cabe todo el mundo.
Hoy Capy está sentada en el escalón de su casa y no se mueve.
Mañana vienen a buscar a Bara. Bara se va al laboratorio otra vez, por mucho tiempo. Nadie le ha dicho cuánto.
Bara lo sabe. Desde anoche tiene un nudo en la barriga.
Pero Bara no se sienta a sentir cosas. Bara busca la cinta adhesiva.
Se sienta al lado de Capy y le pregunta qué le pasa.
“No quiero que te vayas”, dice Capy. Y se le sale una lágrima, calladita.
Bara se pone de pie enseguida.
“Te cuento un chiste”, dice. Y cuenta el mejor chiste que sabe. El del pato. Capy no se ríe.
“Te hago una casita”, dice Bara. Y arma una casita con dos sillas y una sábana, con puerta y con ventana. Capy la mira y sigue igualita.
“Te hago un calendario, para que cuentes los días hasta que yo vuelva.” Bara corre a buscar papel y lápiz. Y se queda con el lápiz en el aire, porque nadie sabe cuántos días pasará en el laboratorio.
Bara trabaja toda la tarde. Trae la pelota. Trae las cartas. Trae el dinosaurio que hace ruido.
Y mientras trabaja, a Bara le tiemblan un poquito las manos.
Porque Bara sabe una cosa que no quiere saber: cuando deje de hacer cosas y moverse, le dolerá el corazón. Porque va a recordar lo mucho que extrañará a su mejor amiga, la única.
Cuando termina, Bara se voltea, sin fuerzas.
Y Capy sigue sentada en el escalón, igualita, con la cabeza abajo y triste.
A Bara se le caen los hombros. No sabe qué más hacer.
No hay nada roto. No hay nada que arreglar.
Nadie le puede poner cinta adhesiva a un adiós.
Entonces Bara hace lo más difícil que ha hecho en su vida.
Se sienta en el escalón, al lado de Capy. Y no hace nada.
No busca cinta adhesiva. No busca tornillos. No dice “yo lo arreglo”.
Se queda ahí, en silencio, mirando la calle con ella. Y deja que le duela.
Pasa un rato largo. Se pone el sol y se prenden las luces de la calle.
Y Capy, sin decir nada, se agacha un poquito, como hace siempre, para que Bara se le suba en el lomo.
Bara se sube. Y allá arriba, por primera vez en todo el día, Bara no se mueve.
“Esto”, dice Capy. “Esto era lo que hacía falta.”
Entonces Bara se acuerda de una cosa. Detrás del escalón hay una maceta escondida. Bara la puso ahí por la mañana, de vergüenza.
Es un cactus. Bara lo sacó del laboratorio.
En el laboratorio querían hacer cactus sin espinas, para que fueran más fáciles de tener en la casa.
Pero las espinas no están ahí por gusto. Las espinas son las hojas del cactus. Lo protegen de los que se lo quieren comer, y le dan sombrita en el sol del desierto.
Al laboratorio le salió este: pelón, con espinas en una sola rama. Y en esa rama le salen manzanitas.
Bara se pasó la semana tratando de arreglarlo. Le pegó espinas con pega fuerte, y se le cayeron. Le sacó las manzanitas, y le salieron otras.
Bara se baja del lomo de Capy y le enseña la maceta, mirando al piso.
En el laboratorio lo pusieron aparte, en un rincón, porque había salido mal.
“Es feo”, dice Bara, bajito. “Y no lo pude arreglar.”
Capy lo mira.
Y Capy lo quiere desde ese mismo momento. Así como es: pelón, con su rama que pincha y sus manzanitas.
“No tiene nada que arreglar”, dice Capy. “Se va a llamar Pincho. Por la rama que pincha.”
Y Capy lo abraza, espinas y todo.
Bara no dice nada. Pero entiende una cosa que nadie le tiene que explicar.
Por eso Capy es la única amiga de Bara. Porque Capy quiere a todo el mundo así, como es.
A un cactus pelón. A una capibara que no se está quieta.
Al otro día, bien temprano, vienen a buscar a Bara.
Capy se sienta en el escalón con Pincho en la cabeza. Y espera.
No sabe cuántos días. Pero sabe que Bara va a volver.
Bara no arregló nada. Ni a Capy, ni a Pincho, ni a Bara.
No había nada que arreglar.
Lo que Capy y Bara necesitaban no era un chiste, ni una casita, ni un calendario.
Era hacerse compañía. En silencio, en el mismo escalón.
La moraleja
Acompañar en silencio cuando no hay nada que arreglar, y querer a cada quien tal como es.
Conoce a Capy y a Bara
Capy y Bara tienen sus propias páginas: Capy y Bara. ¿Y tú, cuál eres? Haz el test.







